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    2019-06-12

    El reto que está por venir en América Latina es que sus estados reconocidos como pluriétnicos no reciclen políticas indigenistas con el objeto de enmascarar su oposición PCI-32765 la diversidad cultural, ni tampoco revivan proyectos jerárquicos para atender las diversidades culturales. Es indispensable que se recojan las propuestas que los pueblos indígenas están creando para poder llamar a esas políticas públicas libres, justas y democráticas. Villoro presenta pistas, derroteros y categorías éticas para encauzar el desafío que implica la pluralidad democrática. Nos deja problemas por resolver, por ejemplo, conocer las entrañas políticas de comunidades indígenas que resuelven sus tensiones sociales desde otros principios, por ejemplo, los pertenecientes al buen vivir o sumak kawsay de pueblos originarios andinos sustentado en una concepción de la naturaleza y las relaciones humanas distintas de la occidental, para hacer patente la posibilidad de otras interpretaciones respetuosas de lo humano en las sociedades por venir en las que se crearían transformaciones políticas y jurídicas para un Estado plural. Sin duda el problema aquí es que los distintos tipos de derechos humanos no se promuevan en un solo tipo de derechos, pues esto sería como poner en el lugar de la dominación occidental otra, y no es esto lo que se persigue al hablar de derechos humanos, sino más bien el entendimiento de que lo humano es posible de muchas maneras y algunas no pretenden ser transportadas a otros lugares pero no por ello significa que no cuiden de lo humano.
    América Latina tenía a principios del siglo una situación un tanto extraña. Terminó la época de las dictaduras y se generalizó la llamada “transición a la democracia”. Para quienes quieran caracterizar al régimen cubano como no democrático, lo cierto es que Fidel Castro pasó a retiro luego de caer enfermo. Sin embargo, América Latina ha seguido teniendo presidentes de origen militar, y no nada más por Raúl Castro, hombre clave para la consolidación del ejército cubano. De origen militar era Hugo Chávez, lo que se le reprochó con frecuencia, pero también lo es un presidente considerado como moderado, el peruano Ollanta Humala. También le fue censurado el origen, más aún por las sublevaciones de los Humala —el mismo Ollanta y su hermano Antauro— contra el régimen de Fujimori. Un presidente ubicado a cilia la derecha, Otto Pérez Molina en Guatemala, es igualmente un militar. No es todo. Por el camino de las armas pasaron en su momento tres presidentes ex guerrilleros: Daniel Ortega en Nicaragua, Dilma Rousseff en Brasil y José Mújica en Uruguay. En suma, América Latina comenzó el siglo con democracia formal, sí, pero también con siete presidentes de origen militar, y además con dos golpes de Estado en los cuales las armas desempeñaron un papel nada desdeñable, pese a que se guardaran —apenas— las apariencias legales: Honduras primero y Paraguay después. Aunque la Iglesia no tiene el papel de antaño, también había a principios del siglo en América Latina, de apariencia muy novedosa, un presidente-sacerdote, Fernando Lugo, quien fuera “pacíficamente” derrocado. Antes, en la transición hatiana, ocupó la presidencia el sacerdote Jean Bertrand Aristide. Por su parte, los presidentes empresarios no eran tantos, pese a la primacía de los temas económicos en la “agenda” desde los ajustes estructurales en los años ochenta. Después de Vicente Fox (ex gerente de Coca-Cola) en México, llegó el turno de Ricardo Martinelli (dueño de supermercados) en Panamá y de Sebastián Piñera en Chile. Fox y Martinelli se explican por un fuerte proceso de desnacionalización, en dos países muy cercanos a Estados Unidos. Piñera estudió en el mismo Estados Unidos y acabó gobernando un país que en los años setenta fue el primero en experimentar la política de los llamados “Chicago Boys” y Milton Friedman, un economista estadounidense. Así, por contraste con estos mandatarios-empresarios, lo nacional pareciera haber seguido ligado con frecuencia a la fuerza de las armas (cabe recordar que Hugo Chávez comenzó con una intentona golpista) y en cierta medida también a la religión, dos herencias estamentales. Aunque el papel de los estamentos en la Historia de América Latina ha sido muy estudiado, es menos lo trabajado sobre el significado de lo anterior para las mentalidades y la forma de vivir el poder: nuestra tesis es que en América Latina “tener poder” es, entre otras cosas, considerar con frecuencia como algo de lo más natural maniobrar en las relaciones personales y en las políticas, Maniobrar, desde luego, no es servir: no es una vocación pública.