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    2019-05-15

    No en vano entre los años veinte y treinta el quehacer de Aub como viajante de comercio le lleva THZ531 realizar numerosos viajes por Europa y a conocer de primera mano, ayudado de su condición políglota, las tendencias artísticas del momento, circunstancia a la que suma su participación en los círculos culturales más pujantes del ámbito español y, ya en los años cuarenta, su contacto con la vigorosa modernidad mexicana. Subraya Carlos Pérez que a toda esta experiencia directa añade un extraordinario bagaje de lecturas, pues “los títulos conservados en su biblioteca confirman ese interés que el escritor mantuvo, durante toda su vida, por el arte y la literatura de vanguardia: de Marinetti, Cocteau, Max Jacob y Ramón Gómez de la Serna a Le Corbusier, Michel Seuphor, Doisneau y Álvarez Bravo”, y es por situarse a caballo de ambas disciplinas por lo que “Max Aub se alineó con los creadores que dinamizaron —conjugando la ironía, la elegancia, la sabiduría y el ácido sulfúrico— las artes y las letras modernas. Entre otros, con Tristan Tzara, Picabia y Raymond Queneau” (71). Si bien Juan Manuel Bonet incide asimismo en este aspecto al resaltar que el intelectual español “se incorporó, de un modo absolutamente original, único, a la saga de escritores-pintores de nuestro 27, a la que pertenecieron también Federico García Lorca, Rafael Alberti, José Moreno Villa” (14), es necesario mostrar, a la luz de lo señalado hasta aquí y del componente formal que ahora analizaremos, cómo Max Aub va mucho más allá, en qué grado es —sirviéndonos del apelativo que recibiera en atención a su elevada productividad— más aún.
    Que Aub inaugura una nueva posición dentro del campo de fuerzas literatura-pintura significa, de entrada, no una simple toma de distancia con respecto a los referentes habituales sino una superación crítica de éstos mediante la creación de un insólito modelo sincrético. Quizá nada mejor para definir Jusep Torres Campalans que recurrir a las palabras empleadas por Aub para referirse a su otra gran semblanza artística, la consagrada a Luis Buñuel, cuando la califica de “algo híbrido, como han venido a ser hoy, en general, las obras de arte: teatro que no es teatro, novela que no es novela, poesía que no es poesía” (1985: 20). Fiel a esta definición del arte literario contemporáneo, Jusep Torres Campalans poseería tintes artísticos merced a un carácter interdisciplinar claramente constatable en, al menos, tres planos superpuestos: Puestos a afrontar las características del componente editorial del fenómeno Campalans, bueno será retomar la invectiva de Margarita Nel-ken y constatar cómo su tono se eleva al denunciar la complicidad de la editorial encargada de publicar el libro, Fondo de Cultura Económica —sello de máximo prestigio e inmejorable aval, otro más, para acreditar la existencia del tal Campalans—, pues “lo más lamentable en el asunto —aduce— es que una editorial tenida por tan seria como el Fondo de Cultura Económica se prestara a ese género de publicidad […] por cierto que en descarado remedo, en su formato y presentación, de las Ediciones Skira” (1958: s. p.), es decir, profanando otro símbolo sagrado de la modernidad. Bien podía darse por satisfecho un Aub que ya en sus apuntes de enero de 1957, fecha de comienzo del libro, se planteaba “publicarlo como un libro de Skira” (Rodríguez: 52) y recogía ahora los frutos de su afán mimético, y frutos no ocasionales, por lo demás, pues Juan Manuel Bonet declara que “quienes frecuentamos las librerías de viejo y sus ofertas por correo —o, más recientemente, Internet—, sabemos que el libro, tanto en su edición original como en sus traducciones francesa y norteamericana, da el pego: en más de una ocasión lo hemos visto catalogado en el apartado de monografías de arte” (14). El propósito de servirse de Skira como modelo confirma el hondo conocimiento maxaubiano del panorama editorial del momento: si pocos sellos podían ostentar una legitimidad vanguardista semejante —Albert Skira había editado en los años treinta la mítica revista surrealista Minotaure y libros de arte con grabados originales de Picasso, Matisse o Dalí—, ninguno era capaz de hacerle sombra en términos de calidad gráfica y excelencia formal. Ignacio Soldevila apunta que Aub pudo inspirarse en los rasgos del Picasso de Maurice Raynal (1973: 151), y claramente así es, porque la monografía del especialista francés, cuarto volumen de la colección Le goût de notre temps, se parece en casi todo a Footprinting Jusep Torres Campalans (cfr. Raynal, 1953). Si ya las dimensiones generales así lo evidencian, las encuadernaciones que hallamos bajo las respectivas sobrecubiertas ilustradas no pueden ser más parejas: tela de lino de grano medio (algo más oscura en la edición mexicana) y estampación a color tanto en el lomo (Picasso en rojo, Jusep Torres Campalans en negro) como en el centro de la cubierta (en un caso la característica S en fuente Futura condensada de Skira, y en el otro las iniciales JTC superpuestas y formando un anagrama en verde vejiga). Aub contará con José de la Colina y Jasmin Reuter, de Encuadernaciones Progreso, para consumar la tarea, y con Gráfica Panamericana y Helioméxico para replicar las extraordinarias reproducciones que hacían únicas en su género las ediciones de la casa suiza. Si en libros como Picasso asombra todavía el grado de fidelidad a los cuadros originales que presentan las fotografías —perfecta rendición de los detalles, latitud impecable, extraordinario rango tonal—, impresas en papel cuché y adheridas por uno de los bordes a páginas en blanco, de forma que relieve y brillo las hacen emerger del papel mate y contrastar con la monocromía del pie de texto, qué asombro no ha de producir que el equipo editorial lograse imitarlas con semejante exactitud e incluso se arriesgase a hacerlas convivir a menudo con el texto. Forzoso es reconocer que el éxito de la empresa debe mucho no sólo a la amplia experiencia acumulada a pie de imprenta por Aub sino al buen hacer del coordinador de edición, el holandés A. A. M. Stols, quien venía de publicar en Europa a prestigiosos escritores —Alfonso Reyes, entre ellos—, coordinar revistas culturales y ediciones bibliofílicas de la mano de Valery Larbaud, e incluso mantener un sello propio, Halcyon Pers.